El Hombre invisible

El Hombre invisible

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Un instante después, aquella figura se ocultaba tras la casa que se encontraba en lo alto de la colina. El hombrecillo se hizo otra vez visible, y así tres veces más, según pasaba por delante de las tres casas que siguieron a la primera, hasta que una de las terrazas de la colina lo ocultó definitivamente.

—Son todos unos borregos —dijo el doctor Kemp, girando sobre sus talones y volviendo a la mesa de trabajo.

Sin embargo, los que vieron de cerca al fugitivo y percibieron el terror que reflejaba su rostro, empapado de sudor, no compartieron el desdén del doctor. En cuanto al hombrecillo, éste seguía corriendo y sonaba como una bolsa repleta de monedas que se balancea de un lado para otro. No miraba ni a izquierda ni a derecha, sus ojos dilatados miraban colina abajo, donde las luces se estaban empezando a encender y donde había mucha gente en la calle. Tenía la boca torcida por el agotamiento, los labios llenos de una saliva espesa y su respiración se hacía cada vez más ronca y ruidosa. A medida que pasaba, todos se le quedaban mirando, preguntándose incómodos cuál podría ser la razón de su huida.

En ese momento, un perro que jugaba en lo alto de la colina lanzó un aullido y corrió a esconderse debajo de una verja. Todos notaron algo, una especie de viento, unos pasos y el sonido de una respiración jadeante que pasaba a su lado.


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