El Hombre invisible
El Hombre invisible El Jolly Cricketers estaba al final de la colina, donde empezaban las lÃneas del tranvÃa. El posadero estaba apoyado en el mostrador con sus brazos, enormes y rosados, mientras hablaba de caballos con un cochero escuchimizado. Al mismo tiempo, un hombre de negra barba vestido de gris se estaba comiendo un bocadillo de queso, bebÃa Burton y conversaba en americano con un policÃa que estaba fuera de servicio.
—¿Qué son esos gritos? —preguntó el cochero, saliéndose de la conversación e intentando ver lo que ocurrÃa en la colina, por encima de la cortina, sucia y amarillenta, de la ventana de la posada. Fuera, alguien pasó corriendo.
—Quizá sea un incendio —dijo el posadero.
Los pasos se aproximaron, corrÃan con esfuerzo. En ese momento la puerta de la posada se abrió con violencia. Y apareció Marvel, llorando y desaliñado. HabÃa perdido el sombrero y el cuello de su chaqueta estaba medio arrancado. Entró en la posada y, dándose media vuelta, intentó cerrar la puerta, que estaba entreabierta y sujeta por una correa.
—¡Ya viene! —gritó desencajado—. ¡Ya llega! ¡El hombre invisible me persigue! ¡Por amor de Dios! ¡Ayúdenme! ¡Socorro! ¡Socorro!
—Cerrad las puertas —dijo el policÃa—. ¿Quién viene? ¿Por qué corre?
