El Hombre invisible
El Hombre invisible —¡Fumar es un placer! —decÃa mientras chupaba el puro—. ¡Qué suerte he tenido cayendo en tu casa, Kemp! Tienes que ayudarme. ¡Qué coincidencia haber dado contigo! Estoy en un apuro. Creo que me he vuelto loco. ¡Si supieras en todo lo que he estado pensando! Pero todavÃa podemos hacer cosas juntos. Déjame que te cuente…
El hombre invisible se echó un poco más de güisqui con soda. Kemp se levanto, echó un vistazo alrededor y trajo un vaso para él de la habitación contigua.
—Es todo una locura, pero imagino que también puedo echar un trago contigo.
—No has cambiado mucho en estos doce años, Kemp. ¡Nada! Sigues tan frÃo y metódico… Como te decÃa, ¡tenemos que trabajar juntos!
—Pero, ¿cómo ocurrió todo? —insistió Kemp—. ¿Cómo te volviste invisible?
—Por el amor de Dios, déjame fumar en paz un rato. Después te lo contaré todo.
Pero no se lo contó aquella noche. La muñeca del hombre invisible iba de mal en peor. Le subió la fiebre, estaba exhausto. En ese momento volvió a recordar la persecución por la colina y la pelea en la posada. A ratos hablaba de Marvel, luego se puso a fumar mucho más deprisa y en su voz se empezó a notar el enfado. Kemp intentó unirlo todo como pudo.