El Hombre invisible
El Hombre invisible —TenÃa miedo de mÃ, yo notaba que me temÃa —repetÃa una y otra vez el hombre invisible—. QuerÃa librarse de mÃ, siempre le rondaba esa idea. ¡Qué tonto he sido!
—¡Qué canalla!
—Debà haberlo matado.
—¿De dónde sacaste el dinero? —interrumpió Kemp.
El hombre invisible guardó silencio antes de contestar.
—No te lo puedo contar esta noche —le dijo.
De repente se oyó un gemido. El hombre invisible se inclinó hacia adelante agarrándose con manos invisibles su cabeza invisible.
—Kemp —dijo—, hace casi tres dÃas que no duermo, quitando un par de cabezadas de una hora más o menos. Necesito dormir.
—Está bien, quédate en mi habitación, en esta habitación.
—¿Pero cómo voy a dormir? Si me duermo, se escapará. Aunque, ¡qué más da!
—¿Es grave esa herida? —preguntó Kemp.
—No, no es nada, sólo un rasguño y sangre. ¡Oh, Dios! ¡Necesito dormir!
—¿Y por qué no lo haces?
El hombre invisible pareció quedarse mirando a Kemp.