El Hombre invisible

El Hombre invisible

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Capítulo XIX. Algunos principios fundamentales

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Kemp, cuando el hombre invisible le abrió la puerta.

—Nada —fue la respuesta.

—Pero, ¡maldita sea! ¿Y esos golpes?

—Un arrebato —dijo el hombre invisible—. Me olvidé de mi brazo y me duele mucho.

—¿Y estás siempre expuesto a que te ocurran esas cosas?

—Sí.

Kemp cruzó la habitación y recogió los cristales de un vaso roto.

—Se ha publicado todo lo que has hecho —dijo Kemp, de pie, con los cristales en la mano—. Todo lo que pasó en Iping y lo de la colina. El mundo ya conoce la existencia del hombre invisible. Pero nadie sabe que estás aquí.

El hombre invisible empezó a maldecir.

—Se ha publicado tu secreto. Imagino que un secreto es lo que había sido hasta ahora. No conozco tus planes, pero, desde luego, estoy ansioso por ayudarte.

El hombre invisible se sentó en la cama.

—Tomaremos el desayuno arriba —dijo Kemp con calma, y quedó encantado al ver cómo su extraño invitado se levantaba de la cama bien dispuesto. Kemp abrió camino por la estrecha escalera que conducía al mirador.


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