El Hombre invisible
El Hombre invisible —Antes de que hagamos nada más —le dijo Kemp—, me tienes que explicar con detalle el hecho de tu invisibilidad.
Se habÃa sentado, después de echar un vistazo, nervioso, por la ventana, con la intención de mantener una larga conversación. Pero las dudas sobre la buena marcha de todo aquel asunto volvieron a desvanecerse, cuando se fijó en el sitio donde estaba Griffin: una bata sin manos y sin cabeza, que, con una servilleta que se sostenÃa milagrosamente en el aire, se limpiaba unos labios invisibles.
—Es bastante simple y creÃble —dijo Griffin, dejando a un lado la servilleta y dejando caer la cabeza invisible sobre una mano invisible también.
—Sin duda, sobre todo para ti, pero… —dijo Kemp, riéndose.
—SÃ, claro; al principio, me pareció algo maravilloso. Pero ahora… ¡Dios mÃo! ¡TodavÃa podemos hacer grandes cosas! Empecé con estas cosas, cuando estuve en Chesilstowe.
—¿Cuando estuviste en Chesilstowe?
—Me fui allà tras dejar Londres. ¿Sabes que dejé medicina para dedicarme a la fÃsica, no? Bien, eso fue lo que hice. La luz. La luz me fascinaba.
—Ya.