El Hombre invisible

El Hombre invisible

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—Y, nada más despertarme, alguien estaba llamando a la puerta. Era mi casero, un viejo judío polaco que llevaba puesto un abrigo largo y gris y unas zapatillas llenas de grasa; venía con aire amenazador y haciéndome preguntas. Estaba convencido de que yo había estado torturando a un gato aquella noche (la vieja no había perdido el tiempo). Insistía en que quería saberlo todo. Las leyes del país contra la vivisección son muy severas, y podía ponerme una denuncia. Yo negué la existencia del gato. Después dijo que las vibraciones del motor de gas se sentían en todo el edificio. Esto, desde luego, era verdad. Se coló en la habitación y empezó a fisgonearlo todo, mirando por encima de sus gafas de plata alemana; en ese momento me invadió cierto temor de que pudiese averiguar algo sobre mi secreto. Intenté quedarme entre él y el aparato de concentración que yo mismo había preparado, y esto no hizo más que aumentar su curiosidad. ¿Qué estaba tramando? ¿Por qué estaba siempre solo y me mostraba esquivo? ¿Era legal lo que hacía? ¿Era peligroso? Yo pagaba la renta normal. La suya había sido siempre una casa muy respetable, en un barrio de bastante mala reputación, pensé yo. A mí, de pronto, se me acabó la paciencia. Le dije que saliera de la habitación. Él empezó a protestar y chapurrear, explicándome que tenía derecho a entrar. Al oírle, lo agarré por el cuello; sentí que algo se desgarraba y lo eché al pasillo. Di un portazo, cerré la puerta con llave y me senté. Estaba temblando. Una vez fuera, el viejo empezó a armar escándalo. Yo me despreocupé, y, al cabo de un rato, se había marchado. Este hecho me llevaba a tomar una rápida decisión. Yo no sabía qué iba a hacer aquel viejo, ni siquiera a qué tenía derecho. Cambiarme a otra habitación sólo habría significado retrasar mis experimentos; además, sólo disponía de veinte libras, en su mayoría en el banco, y no podía permitirme aquel lujo de la mudanza. ¡Tenía que desaparecer! No podía hacer otra cosa. Después de lo ocurrido vendrían las preguntas y entrarían a registrar mi habitación. Sólo pensando en la posibilidad de que mi investigación pudiera interrumpirse en su punto culminante, me entró una especie de furia y me puse manos a la obra. Cogí mis tres libros de notas y mi libreta de cheques —el vagabundo lo tiene todo ahora— y me dirigí a la oficina de correos más cercana para que lo mandaran todo a una casa de recogida de paquetes en Great Portland Street. Intenté salir sin hacer ruido. Al volver, vi cómo el casero subía lentamente las escaleras. Supongo que habría oído la puerta al cerrarse. Te habrías reído mucho, si le hubieras visto cómo se echó a un lado en el descansillo de la escalera, cuando se dio cuenta de que yo subía corriendo detrás de él. Me miró cuando pasé por su lado y yo di tal portazo, que tembló toda la casa. Después oí cómo arrastraba los pies hasta el piso donde yo estaba, dudaba un momento y optaba por seguir bajando. A partir de entonces, me puse a hacer todos los preparativos. Lo hice todo aquella tarde y aquella noche. Cuando todavía me encontraba bajo la influencia, empalagosa y soporífera, de las drogas que decoloraban la sangre, llamaron a la puerta con insistencia. Dejaron de llamar, y unos pasos se fueron para luego volver y empezar a llamar de nuevo. Intentaron, más tarde, meter algo por debajo de la puerta… un papel azul. En ese momento, rabioso, me levanté y abrí la puerta de par en par «¿Qué quiere ahora?», pregunté. Era mi casero, que traía una orden de desahucio o algo por el estilo. Al darme el papel, creo que debió ver algo raro en mis manos y, levantando los ojos, se me quedó mirando. Se quedó boquiabierto y dio un grito. A continuación soltó la vela y el papel y salió corriendo a oscuras, por el oscuro pasillo, escaleras abajo. Cerré la puerta, eché la llave y me acerqué al espejo. Entonces comprendí su miedo. Mi cara estaba blanca, blanca como el mármol. Fue todo horrible. Yo no esperaba aquel dolor tan fuerte. Fue una noche de atormentada angustia, de dolores y mareos. Apreté los dientes, a pesar de que mi piel estaba ardiendo. Todo el cuerpo me ardía. Y me quedé allí tumbado, como muerto. Ahora comprendo por qué el gato se puso a maullar de aquella manera hasta que le administré cloroformo. Por suerte, vivía solo y no tenía a nadie que me atendiera en la habitación. Hubo veces en que sollozaba y me quejaba. Otras, hablaba solo. Pero resistí. Perdí el conocimiento y me desperté, sin fuerzas, en la oscuridad. Los dolores habían cesado. Pensé que me estaba muriendo, pero no me importaba. Nunca olvidaré aquel amanecer, y el extraño horror que sentí, al ver que mis manos se habían vuelto de cristal, un cristal como manchado, y al ver cómo cada vez eran más claras y delgadas, a medida que el día avanzaba, hasta que al final logré ver el desorden en que estaba mi cuarto a través de ellas. Lo veía a pesar de que cerraba mis párpados, ya transparentes. Mis miembros se tornaron de cristal, los huesos y las arterias desaparecieron, y los nervios, pequeños y blancos, también desaparecieron, aunque fueron los últimos en hacerlo. Apreté los dientes y seguí así hasta el final. Cuando todo terminó, sólo quedaban las puntas de las uñas, blanquecinas, y la mancha marrón de algún ácido en mis dedos. Traté de ponerme de pie. Al principio era incapaz de hacerlo, me sentía como un niño de pañales, caminando con unas piernas que no podía ver. Estaba muy débil y tenía hambre. Me acerqué al espejo y me miré sin verme, sólo quedaba un poco de pigmento detrás de la retina de mis ojos, pero era mucho más tenue que la niebla. Puse las manos en la mesa y tuve que tocar el espejo con la frente. Con una fuerza de voluntad enorme, me arrastré hasta los aparatos y completé el proceso. Dormí durante el resto de la mañana, tapándome los ojos con las sábanas, para no ver la luz; al mediodía, me desperté, al oír que alguien llamaba a la puerta. Había recuperado todas mis fuerzas. Me senté en la cama y creí oír unos susurros. Me levanté y, haciendo el menor ruido posible, empecé a desmantelar el aparato y a dejar sus distintas partes por toda la habitación, para no dar lugar a sospechas. En ese momento, se volvieron a escuchar los golpes en la puerta y unas voces, primero la de mi casero y, luego, otras dos. Para ganar tiempo, les contesté. Recogí el trozo de lana invisible y la almohada y abrí la ventana para tirarlos. Cuando estaba abriéndola, dieron un tremendo golpe en la puerta. Alguien se había lanzado contra ella con la idea de romper la cerradura, pero los cerrojos, que yo había colocado con anterioridad, impidieron que se viniera abajo. Aquello me puso furioso. Empecé a temblar y a actuar con la máxima rapidez. Recogí un poco de papel y algo de paja, y lo puse todo junto en medio de la habitación. Abrí el gas en el momento en que grandes golpes hacían retumbar la puerta. Yo no encontraba las cerillas y empecé a dar puñetazos a la pared, lleno de rabia. Volví a abrir las llaves del gas, salté por la ventana y me escondí en la cisterna del agua, a salvo e invisible y temblando de rabia, para ver qué iba a ocurrir. Rompieron un panel de la puerta y, acto seguido, corrieron los cerrojos y se quedaron allí de pie, con la puerta abierta. Era el casero, acompañado de sus dos hijastros, dos hombres jóvenes y robustos, de unos veintitrés o veinticuatro años. Detrás de ellos se encontraba la vieja de abajo. Puedes imaginarte sus caras de asombro, al ver que la habitación estaba vacía. Uno de los jóvenes corrió hacia la ventana, la abrió y se asomó por ella. Sus ojos y su cara barbuda y de labios gruesos estaban a un palmo de mi cara. Estuve a punto de darle un golpe, pero me contuve a tiempo. Él estaba mirando a través de mí, y también lo hicieron los demás, cuando se acercaron a donde él estaba. El viejo se separó de ellos y echó un vistazo debajo de la cama y, después, todos se abalanzaron sobre el armario. Estuvieron discutiendo un rato en yiddisk[7] y cockney[8]. Terminaron diciendo que yo no les había contestado, que se lo habían imaginado todo. Mi rabia se tornó, entonces, en regocijo, mientras estaba sentado en la ventana, mirando a aquellas cuatro personas, cuatro, porque la vieja había entrado en la habitación buscando a su gata, que intentaban comprender mi comportamiento. El viejo, por lo que pude comprender de aquella jerga suya, estaba de acuerdo con la anciana en que yo practicaba vivisecciones. Los hijastros, por el contrario, explicaban y decían, en un inglés desvirtuado, que yo era electricista, y basaban su postura en aquellos dinamos y radiadores. Estaban todos nerviosos, temiendo que yo regresara, aunque, como comprobé más tarde, habían corrido los cerrojos de la puerta de abajo. La vieja se dedicó a fisgonear dentro del armario y debajo de la cama, mientras uno de los jóvenes miraba chimenea arriba. Uno de los inquilinos, un vendedor ambulante que había alquilado la habitación de enfrente, junto con un carnicero, apareció en el rellano; lo llamaron y empezaron a explicarle todo lo ocurrido con frases incoherentes. Entonces, al ver los radiadores, se me ocurrió que, si caían en manos de una persona con conocimiento del tema, podría llegar a delatarme; aproveché esa oportunidad para entrar en la habitación y lanzar la dinamo contra el aparato sobre el que descansaba ésta y, así, romperlos los dos a la vez. Cuando aquellas personas estaban tratando de explicarse este último hecho, me deslicé fuera de la habitación y bajé las escaleras con mucho cuidado. Me metí en una de las salas de estar y esperé a que bajasen, comentando y discutiendo los acontecimientos y, todos, un poco decepcionados al no haber encontrado ninguna «cosa terrible». Estaban un poco perplejos, pues no sabían en qué situación se encontraban respecto a mí. Después, volví a subir a mi habitación con una caja de cerillas, prendí fuego al montón de papeles y puse las sillas y la cama encima, dejando que el gas se encargara del resto con un tubo de caucho. Eché un último vistazo a la habitación y me marché.


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