El Hombre invisible
El Hombre invisible »Rápidamente dieron la vuelta y vieron mis huellas en el último escalón y en la acera. «¿Qué pasa?», preguntó alguien. «Que hay unos pies, ¡mire! ¡Unos pies que corren solos!». Todas las personas que había en la calle, excepto mis tres perseguidores, iban detrás del Ejército de Salvación, y ello me impedía, tanto a mí como a ellos, correr en esa dirección. Durante un momento, sorprendidos, todos se preguntaban unos a otros.
»Después de derribar a un muchacho, logré cruzar la calle y, un momento más tarde, eché a correr por Russell Square. Detrás de mí iban seis o siete personas siguiendo mis huellas, asombrados. No tenía tiempo para dar explicaciones, si no quería que aquel montón de gente se me echase encima. Di la vuelta a dos esquinas, y crucé tres veces la calle, volviendo sobre mis propias huellas y, al mismo tiempo que mis pies se iban calentando y secando, las huellas, húmedas, iban desapareciendo.