El Hombre invisible
El Hombre invisible »Al final, tuve un momento de respiro, que aproveché para quitarme el barro de los pies con las manos y, así, me salvé. Lo último que vi de aquella persecución fue un grupo de gente, quizá una docena de personas, que estudiaban con infinita perplejidad una huella, que se secaba rápidamente, y que yo había dejado en un charco de Tavistock Square. Una huella tan aislada e incomprensible para ellos como el descubrimiento solitario de Robinson Crusoe.
»La carrera me había servido para entrar en calor y caminaba mucho mejor por las calles menos frecuentadas que había por aquella zona. La espalda se me había endurecido y me dolía bastante y también la garganta, desde que el cochero me diera el manotazo. El mismo cochero me había hecho un arañazo en el cuello; los pies me dolían mucho y, además, cojeaba, porque tenía un corte en uno.
»Vi a un ciego y en ese momento me aparté. Tenía miedo de la sutileza de su intuición. En un par de ocasiones me choqué, dejando a la gente asombrada por las maldiciones que les decía. Después me cayó algo en la cara, y, mientras cruzaba la plaza, noté un velo muy fino de copos de nieve, que caían lentamente. Había cogido un resfriado y, a pesar de todo, no podía evitar estornudar de vez en cuando. Y cada perro que veía con la nariz levantada, olfateando, significaba para mí un verdadero terror.