El Hombre invisible
El Hombre invisible —¿Y qué más podemos hacer? —dijo Adye—. Tengo que bajar ahora mismo y empezar a organizarlo todo. Pero, ¿por qué no viene conmigo? SÃ, venga usted también. Venga y preparemos una especie de consejo de guerra. Pidamos ayuda a Hopps y a los gestores del ferrocarril. ¡Venga, es muy urgente! Cuénteme más cosas, mientras vamos para allá. ¿Qué más hay que podamos hacer? Y deje eso en el suelo.
Minutos después, Adye se abrÃa camino escaleras abajo. Encontraron la puerta de la calle abierta y, fuera, a los dos policÃas, de pie, mirando al vacÃo.
—Se ha escapado, señor —dijo uno.
—Tenemos que ir a la comisarÃa central. Que uno de vosotros baje, busque un coche y suba a recogernos. Rápido. Y ahora, Kemp, ¿qué más podemos hacer? —dijo Adye.
—Perros —dijo Kemp—. Hay que conseguir perros. No pueden verlo, pero sà olerlo. Consiga perros.
—De acuerdo —dijo Adye—. Casi nadie lo sabe, pero los oficiales de la prisión de Halstead conocen a un hombre que tiene perros policÃa. Los perros ya están, ¿qué más?