El Hombre invisible
El Hombre invisible Kemp leyó la carta dos veces.
—¡No es ninguna broma! —dijo—. Son sus palabras y habla en serio.
Dobló la hoja por la mitad y vio al lado de la dirección el sello de correos de Hintondean, y el detalle de mal gusto: «dos peniques a pagar».
Se levantó sin haber terminado de comer (la carta habÃa llegado en el correo de la una) y subió al estudio. Llamó al ama de llaves y le dijo que se diese una vuelta por toda la casa para asegurarse de que todas las ventanas estaban cerradas y para que cerrase las contraventanas. Él mismo cerró las contraventanas del estudio. De un cajón del dormitorio, sacó un pequeño revólver, lo examinó cuidadosamente, y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta. Escribió una serie de notas muy breves: una, dirigida al coronel Adye, se la dio a la muchacha para que se la llevara, con instrucciones especÃficas sobre cómo salir de la casa.
—No hay ningún peligro —le dijo, y añadió mentalmente: «Para ti».
Después de hacer esto, se quedó pensativo un momento y, luego, volvió a la comida, que se le estaba quedando frÃa.
Mientras comÃa, se paraba a pensar. Luego, dio un golpe muy fuerte en la mesa.
—¡Lo atraparemos! —dijo—; y yo seré el cebo. Ha llegado demasiado lejos.