El Hombre invisible
El Hombre invisible Subió al mirador, cuidándose de cerrar todas las puertas tras de sÃ.
—Es un juego —dijo—, un juego muy extraño, pero tengo todos los ases a mi favor, Griffin, a pesar de tu invisibilidad. Griffin contra el mundo… ¡con una venganza! —se paró en la ventana, mirando a la colina calentada por el sol—. Todos los dÃas tiene que comer, no lo envidio. ¿Habrá dormido esta noche? Habrá sido en algún sitio, por ahà fuera, a salvo de cualquier emergencia. Me gustarÃa que hiciese frÃo y que lloviese, en lugar de hacer este calor. Quizá me esté observando en este mismo instante.
Se acercó a la ventana. Algo golpeó secamente los ladrillos afuera, y dio un respingo.
—Me estoy poniendo nervioso —dijo Kemp, y pasaron cinco minutos antes de que se volviera a acercar a la ventana—. Debe de haber sido algún gorrión —dijo.
En ese momento oyó cómo llamaban a la puerta de entrada y bajó corriendo las escaleras. Descorrió el cerrojo, abrió, miró con la cadena puesta, la soltó y abrió con precaución, sin exponerse. Una voz familiar le dijo algo. Era Adye.
—¡Ha asaltado a la muchacha, Kemp! —dijo, desde el otro lado.
—¿Qué? —exclamó Kemp.