El Hombre invisible
El Hombre invisible —Cárguelo en mi cuenta —dijo el visitante con sequedad—. Y por el amor de Dios, no me moleste. Si hay algún desperfecto, cárguelo a mi cuenta. —Y siguió haciendo una lista en la libreta que tenÃa delante.
—Te diré algo —dijo Fearenside con aire de misterio. Era ya tarde y se encontraba con Teddy Henfrey en una cervecerÃa de Iping.
—¿De qué se trata? —dijo Teddy Henfrey.
—El tipo del que hablas, al que mordió mi perro. Pues bien, creo que es negro. Por lo menos sus piernas lo son. Pude ver lo que habÃa debajo del roto de sus pantalones y de su guante. Cualquiera habrÃa esperado un trozo de piel rosada, ¿no? Bien, pues no lo habÃa. Era negro. Te lo digo yo, era tan negro como mi sombrero.
—SÃ, sÃ, bueno —contestó Henfrey, y añadió—: De todas formas es un caso muy raro. Su nariz es tan rosada, que parece que la han pintado.
—Es verdad —dijo Fearenside—. Yo también me habÃa dado cuenta. Y te diré lo que estoy pensando. Ese hombre es moteado, Teddy. Negro por un lado y blanco por otro, a lunares. Es un tipo de mestizos a los que el color no se les ha mezclado, sino que les ha aparecido a lunares. Ya habÃa oÃdo hablar de este tipo de casos con anterioridad. Y es lo que ocurre generalmente con los caballos, como todos sabemos.