El Hombre invisible
El Hombre invisible La curiosidad devoraba a Cuss, el boticario. Los vendajes atraían su interés profesional. Miraba con ojos recelosos las mil y una botellas. Durante los meses de abril y mayo había codiciado la oportunidad de hablar con el forastero. Y por fin, hacia Pentecostés, cuando ya no podía aguantar más, aprovechó la excusa de la elaboración de una lista de suscripción para pedir una enfermera para el pueblo y así hablar con el forastero. Se sorprendió cuando supo que la señora Hall no sabía el nombre del huésped.
—Dio su nombre —mintió la señora Hall—, pero apenas pude oírlo y no me acuerdo.
Pensó que era demasiado estúpido no saber el nombre de su huésped.
El señor Cuss llamó a la puerta del salón y entró. Desde dentro se oyó una imprecación.
—Perdone mi intromisión —dijo Cuss, y cerró la puerta, impidiendo que la señora Hall escuchase el resto de la conversación.