El Hombre invisible

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Ella pudo oír un murmullo de voces durante los siguientes diez minutos, después un grito de sorpresa, un movimiento de pies, el golpe de una silla, una sonora carcajada, unos pasos rápidos hacia la puerta, y apareció el señor Cuss con la cara pálida y mirando por encima de su hombro. Dejó la puerta abierta detrás de él y, sin mirar a la señora Hall, siguió por el pasillo y bajó las escaleras, y ella pudo oír cómo se alejaba corriendo por la carretera. Llevaba el sombrero en la mano. Ella se quedó de pie mirando a la puerta abierta del salón. Después oyó cómo se reía el forastero y cómo se movían sus pasos por la habitación. Desde donde estaba no podía ver la cara. Finalmente, la puerta del salón se cerró y el lugar se quedó de nuevo en silencio.

Cuss cruzó el pueblo hacia la casa de Bunting, el vicario.

—¿Cree que estoy loco? —preguntó Cuss con dureza nada más entrar en el pequeño estudio—. ¿Doy la impresión de estar enfermo?

—¿Qué ha pasado? —preguntó el vicario, que estaba estudiando las hojas gastadas de su próximo sermón.

—Ese tipo, el de la posada.

—¿Y bien?

—Deme algo de beber —dijo Cuss, y se sentó.


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