El Hombre invisible
El Hombre invisible —Entré en la habitación, —dijo entrecortadamente—, y comencé pidiéndole que si querÃa poner su nombre en la lista para conseguir la enfermera para el pueblo. Cuando entré, se metió rápidamente las manos en los bolsillos, y se dejó caer en la silla. Respiró. Le comenté que habÃa oÃdo que se interesaba por los temas cientÃficos. Me dijo que sÃ, y volvió a respirar de nuevo, con fuerza. Siguió respirando con dificultad todo el tiempo: se notaba que acababa de coger un resfriado tremendo. ¡No me extraña, si siempre va tan tapado! Seguà explicándole la historia de la enfermera, mirando, durante ese tiempo, a mi alrededor. HabÃa botellas llenas de productos quÃmicos por toda la habitación. Una balanza y tubos de ensayo colocados en sus soportes y un intenso olor a flor de primavera. Le pregunté que si querÃa poner su nombre en la lista y me dijo que lo pensarÃa. Entonces le pregunté si estaba realizando alguna investigación, y si le estaba costando demasiado tiempo. Se enfadó y me dijo que sÃ, que eran muy largas. «Ah, ¿sÃ?», le dije, y en ese momento se puso fuera de sÃ. El hombre iba a estallar y mi pregunta fue la gota que colmó el vaso. El forastero tenÃa en sus manos una receta que parecÃa ser muy valiosa para él. Le pregunté si se la habÃa recetado el médico. «¡Maldita sea!», me contestó. «¿Qué es lo que, en realidad, anda buscando?». Yo me disculpé entonces y me contestó con un golpe de tos. La leyó. Cinco ingredientes. La colocó encima de la mesa y, al volverse, una corriente de aire que entró por la ventana se llevó el papel. Se oyó un crujir de papeles. El forastero trabajaba con la chimenea encendida. Vi un resplandor, y la receta se fue chimenea arriba.