El Hombre invisible
El Hombre invisible Eran alrededor de las cuatro, y la oscuridad de la noche estaba empezando a levantarse. La entrada estaba iluminada por un débil rayo de luz, pero la puerta del estudio estaba tan oscura que parecía impenetrable. Todo estaba en silencio, sólo se escuchaban, apenas perceptibles, los crujidos de los escalones bajo los pies del señor Bunting, y unos ligeros movimientos en el estudio. De pronto, se oyó un golpe, se abrió un cajón y se escucharon ruidos de papeles. Después también pudo oírse una imprecación, y alguien encendió una cerilla, llenando el estudio de una luz amarillenta. En ese momento, el señor Bunting se encontraba ya en la entrada y pudo observar, por la rendija de la puerta, el cajón abierto y la vela que ardía encima de la mesa, pero no pudo ver a ningún ladrón. El señor Bunting se quedó allí sin saber qué hacer, y la señora Bunting, con la cara pálida y la mirada atenta, bajó las escaleras lentamente, detrás de él. Sin embargo había algo que mantenía el valor del señor Bunting: la convicción de que el ladrón vivía en el pueblo.
El matrimonio pudo escuchar claramente el sonido del dinero y comprendieron que el ladrón había encontrado sus ahorros, dos libras y diez peniques, y todo en monedas de medio soberano cada una. Cuando escuchó el sonido, el señor Bunting se decidió a entrar en acción y, batiendo con fuerza su bastón, se deslizó dentro de la habitación, seguido de cerca por su esposa.