El Hombre invisible
El Hombre invisible —Usted me dijo hace dos dÃas que tan sólo llevaba un soberano de plata encima.
—De acuerdo, pero he encontrado algunas monedas…
—¿Es verdad eso? —se oyó desde el bar.
—Me gustarÃa saber de dónde las ha sacado —le dijo la señora Hall.
Esto pareció enojar mucho al forastero, quien, dando una patada en el suelo, dijo:
—¿Qué quiere decir?
—Que me gustarÃa saber dónde las ha encontrado —le contestó la señora Hall—. Y, antes de aceptar un billete o de traerle el desayuno, o de hacer cualquier cosa, tiene que decirme una o dos cosas que yo no entiendo y que nadie entiende y que, además, todos estamos ansiosos por entender. Quiero saber qué le ha estado haciendo a la silla de arriba, y por qué su habitación estaba vacÃa y cómo pudo entrar de nuevo. Los que se quedan en mi casa tienen que entrar por las puertas, es una regla de la posada, y usted no la ha cumplido, y quiero saber cómo entró, y también quiero saber…
De repente el forastero levantó la mano enguantada, dio un pisotón en el suelo y gritó: «¡Basta!» con tanta fuerza, que la señora Hall enmudeció al instante.