El Hombre invisible

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Capítulo X. El señor Thomas Marvel llega a Iping

Cuando pasó el pánico, la gente del pueblo empezó a sacar conclusiones. Apareció el escepticismo, un escepticismo nervioso y no muy convencido, pero al fin y al cabo escepticismo. Es mucho más fácil no creer en hombres invisibles; y los que realmente lo habían visto, o los que habían sentido la fuerza de su brazo, podían contarse con los dedos de las dos manos. Y, entre los testigos, el señor Wadgers, por ejemplo, se había refugiado tras los cerrojos de su casa, y Jaffers, todavía aturdido, estaba tumbado en el salón del Coach and Horses. En general, los grandes acontecimientos, así como los extraños, que superan la experiencia humana, con frecuencia afectan menos a los hombres y mujeres que detalles mucho más pequeños de la vida cotidiana. Iping estaba alegre, lleno de banderines, y todo el mundo se había vestido de gala. Todos esperaban ansiosos que llegara el día de Pentecostés desde hacía más de un mes. Por la tarde, incluso los que creían en lo sobrenatural, estaban empezando a disfrutar, al suponer que aquel hombre ya se había ido, y los escépticos se mofaban de su existencia. Todos, tanto los que creían como los que no, se mostraban amables ese día.



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