La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Arremetí con el hombro contra un torpe monstruo que se volvía para comprender a qué se refería Moreau y lo lancé de un empujón contra otro de sus compañeros. Sentí que intentaba atraparme con las manos, sin conseguirlo. El Perezoso se abalanzó sobre mí, y le clavé la punta de la estaca en su horrible cara. Al instante empecé a trepar por un empinado camino: una especie de chimenea inclinada que salía del barranco. Oí un aullido a mis espaldas y gritos de «¡Cogedlo! ¡Detenedlo!». El monstruo de pelo gris surgió detrás de mí, luchando por introducir su voluminoso cuerpo en la grieta.
—¡Vamos, vamos! —gritaban.
Trepé por la estrecha hendidura de la roca y fui a dar a la zona cubierta de azufre, situada al oeste del poblado de las bestias.
Aquella brecha en la roca resultó de lo más oportuna, pues el angosto pasadizo que ascendía en pronunciada pendiente debió de obstaculizar el paso a mis perseguidores más próximos. Corrí por el terreno blanco y descendí por una pendiente, entre algunos árboles dispersos, hasta llegar a una explanada cubierta de altas cañas. Luego atravesé una zona de maleza oscura y densa, mullida bajo mis pies. Justo cuando me zambullía entre las cañas, mis primeros perseguidores salieron de la grieta. Me abrí camino entre la vegetación durante varios minutos. El aire no tardó en poblarse de gritos amenazadores a mi alrededor.