La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Antes de llegar a la salida oà el gañido de un sabueso. Al instante me encontré fuera de la casucha, con la estaca en la mano y temblando hasta la última fibra de mi cuerpo. TenÃa ante mà las torpes espaldas de casi una veintena de bestias, sus cabezas deformes medio hundidas entre los omóplatos. Todos gesticulaban con visible agitación. Otros rostros semianimales salÃan de las cabañas con expresión interrogante. Al mirar hacia donde ellos miraban divisé entre la neblina condensada bajo los árboles que se alzaban al final del pasadizo la figura oscura y el horrible rostro blanco de Moreau. Llevaba consigo a uno de los sabuesos, e inmediatamente detrás venÃa Montgomery, revólver en mano.
Quedé un instante paralizado por el miedo.
Di media vuelta y vi que otra bestia enorme, de cara gris y ojos pequeños y brillantes, avanzaba hacia mÃ. A mi derecha, a unos diez metros, descubrà un estrecho agujero en la pared de la roca por el que se filtraba un rayo de luz.
—¡Alto! —gritó Moreau mientras me acercaba hacia la grieta a grandes zancadas—. ¡Detenedlo!
Entonces, uno tras otro, todos los rostros se volvieron hacia mÃ. Por fortuna, sus mentes animales eran muy lentas.