La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau —Severo y cierto es el castigo; asà pues, ¡aprende la Ley! Repite estas palabras —y, sin poderse contener inició de nuevo la extraña letanÃa, y todos comenzamos a cantar y a movernos al compás. La cabeza me daba vueltas a causa del parloteo y el hedor del lugar, pero seguà adelante, con la esperanza de encontrar una oportunidad.
—No caminarás a cuatro patas. Ésa es la Ley ¿Acaso no somos Hombres?
HacÃamos tanto ruido que no advertà la agitación del exterior hasta que alguien —según creà uno de los Hombres Cerdos a los que habÃa visto anteriormente— asomó la cabeza por encima del Perezoso y gritó algo, con gran agitación; algo que no logré entender. Todos los que se encontraban a la entrada de la cabaña desaparecieron al instante. Mi Hombre Mono salió corriendo precipitadamente, seguido por la cosa que habÃa estado sentada en la oscuridad —vi entonces que era grande y torpe y estaba cubierto de pelo plateado—, y me dejaron solo.