La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau —¿Quiénes son esas criaturas? —dije, señalando hacia ellas y alzando cada vez más el tono de voz para que todos me oyeran—. Antes eran hombres, hombres como nosotros; hombres en los que ha instilado una sustancia bestial, hombres a los que ha esclavizado y convertido en monstruos y a los que todavÃa teme. ¡Vosotros que me escucháis! —grité, señalando a Moreau, para que los Monstruos pudieran oÃrme—. ¡Vosotros que me escucháis! ¿No veis que estos hombres todavÃa os temen, sienten pavor de vosotros? ¿Por qué tenéis miedo de ellos? Vosotros sois muchos.
—¡Por Dios, Prendick, cállese! —exclamó Montgomery.
—¡Prendick! —gritó Moreau.
Se pusieron a gritar los dos al tiempo como si quisieran ahogar mi voz. Detrás de ellos, los sombrÃos rostros de los Salvajes nos miraban fijamente, atónitos y maravillados, sus manos deformes colgando y los hombros encorvados. ParecÃa —al menos eso pensé— que intentaban comprenderme, recordar algo de su pasado humano.
Seguà gritando. Apenas recuerdo lo que decÃa. Que podÃan matar a Moreau y a Montgomery; que no debÃan temerlos. De estas y otras ideas, para mi perdición, llené la cabeza de las bestias. El hombre de ojos verdes y vestido con harapos oscuros al que habÃa conocido la tarde de mi llegada salió de entre los árboles, seguido de otros, para oÃrme mejor.