La isla del doctor Moreau

La isla del doctor Moreau

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16. De cómo los Salvajes probaron la sangre

Pero mi inexperiencia como escritor me delata, y estoy perdiendo el hilo de la narración. Después de desayunar con Montgomery, lo acompañé a dar un paseo por la isla para ver la fumarola y las fuentes termales, en cuyas aguas hirvientes había caído por sorpresa el día anterior. Los dos llevábamos látigos y revólveres cargados. Al cruzar una frondosa jungla camino de la fumarola, oímos el grito de un conejo. Nos detuvimos a escuchar, sin oír nada más, y proseguimos la marcha. Montgomery llamó mi atención sobre ciertos animalillos rosados de largas patas traseras que brincaban entre la maleza. Me explicó que habían sido creados a partir de la descendencia de los Monstruos de Moreau, con la intención de que sirvieran de alimento, pero el hábito conejil de devorar a sus crías desbarató los planes del doctor. Yo ya había tropezado con algunos: una vez cuando huía del Hombre Leopardo, a la luz de la luna, y otra vez el día anterior, mientras Moreau me perseguía. Casualmente, uno de ellos, al tratar de evitarnos, cayó por azar en un agujero de un árbol arrancado por el viento. Logramos atraparlo antes de que pudiera salir de allí. Escarbaba como un gato, arañando y pataleando furiosamente con las patas traseras, y hasta intentó mordernos, pero no tenía los dientes fuertes y su mordisco no dolía más que un simple pellizco. Me pareció un precioso animalillo, y como Montgomery me explicó que nunca destrozaba el césped excavando y era de costumbres muy limpias, pensé que podría resultar un buen sustituto del conejo común para los parques y jardines particulares.


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