La isla del doctor Moreau

La isla del doctor Moreau

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Durante el camino vimos el tronco de un árbol, completamente astillado y cortado en tiras largas. Montgomery llamó mi atención al respecto.

—No arañarás la corteza de los árboles; ésa es la Ley —dijo—. Mire cómo la respetan algunos.

Creo que poco después nos encontramos con el Sátiro y el Hombre Mono. El Sátiro era un alarde de clasicismo por parte de Moreau. Tenía la expresión de una oveja, la voz como un balido ronco y las extremidades inferiores casi satánicas. Pasó junto a nosotros mordisqueando una cáscara de fruta. Los dos saludaron a Montgomery.

—¡Hola al Otro Hombre del látigo! —dijeron.

—Ahora somos tres con látigo, de modo que andaos con cuidado —respondió Montgomery.

—¿Él no es fabricado? —preguntó el Hombre Mono—. Él dijo que lo habían fabricado.

El Sátiro me miró con curiosidad.

—El Tercero con látigo, el que se mete llorando en el mar, tiene la cara pálida y delgada.

—También tiene un látigo largo y delgado —dijo Montgomery.

—Ayer lloraba y sangraba —insistió el Sátiro.

—Tú nunca sangras ni lloras. El Maestro no sangra ni llora.


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