La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau —Yo ya vi algo parecido el dÃa de mi llegada —dije.
—¿Qué demonios era?
—Un conejo con la cabeza arrancada de cuajo.
—¿El dÃa de su llegada?
—El dÃa de mi llegada. Entre los matorrales que hay detrás del recinto. Cuando vine hasta aquà al atardecer. Le habÃan arrancado la cabeza.
Montgomery lanzó un silbido largo y débil.
—Y es más, creo que sé quien lo hizo. Es sólo una sospecha, pero antes de encontrar al conejo vi a uno de los Monstruos bebiendo en el arroyo.
—¿Sorbiendo el agua con la boca?
—SÃ.
—No sorberás el agua; ésa es la Ley. Ya se ve el respeto que los Monstruos muestran por la Ley cuando Moreau no anda por ahÃ, ¿eh?
—Fue el que me siguió.
—Por supuesto —asintió Montgomery—; eso es justo lo que hacen los carnÃvoros. Después de matar, beben. Es por el sabor de la sangre. Pero ¿cómo era? ¿PodrÃa reconocerlo?
Echó un vistazo a nuestro alrededor, a horcajadas sobre los sangrientos despojos del conejo, recorriendo con la mirada las sombras del follaje y los escondites de la selva que nos rodeaba.
—El sabor de la sangre —repitió.