La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Sacó el revólver, examinó los cartuchos y lo cargó. Luego empezó a tirarse del labio inferior.
—Creo que podría reconocerlo. Lo dejé sin sentido. Seguro que tiene una buena herida en la frente.
—Pero tenemos que demostrar que fue él quien mató al conejo —dijo Montgomery—. ¡Ojalá no los hubiera traído nunca!
Yo habría continuado mi camino, pero Montgomery se quedó allí, rompiéndose la cabeza con aquel asunto del conejo mutilado. Me alejé para no ver los restos del conejo.
—¡Vamos! —dije.
Entonces pareció reaccionar y vino hacia mí.
—¿Sabe? Todos ellos parecen tener una especie de fijación y se niegan a comer nada que corretee por la tierra.
—Si alguna de esas bestias ha llegado accidentalmente a probar la sangre… —dijo, casi en un susurro.
Seguimos caminando en silencio.
—Me pregunto qué puede haber pasado —murmuró para sí.
Y luego, tras una pausa, añadió:
—El otro día cometí una tontería. Le enseñé a mi criado a despellejar y a guisar un conejo. Es extraño… lo vi chupándose los dedos… En ningún momento se me ocurrió que… Debemos poner fin a esto. Tengo que decírselo a Moreau.