La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Me apoyé sobre el otro brazo y me incorporé. La figura vendada corría a grandes saltos por la playa, seguida por Moreau.
El puma volvió la cabeza y, al ver a Moreau, giró bruscamente y se dirigió hacia los matorrales. Le ganaba terreno a cada paso. Se adentró en la maleza mientras Moreau, que corría en diagonal para interceptarlo, disparaba y erraba el tiro. La bestia desapareció. Luego, también Moreau se perdió entre el confuso verdor.
Empezó a dolerme el brazo y, lanzando un gemido, logré ponerme en pie. En ese momento, Montgomery salió por la puerta, vestido y revólver en mano.
—¡Dios mío, Prendick! —dijo, sin advertir que yo estaba herido—. ¡Esa bestia se ha escapado! Ha arrancado los grilletes de la pared. ¿Lo ha visto? —Y luego, al ver que me agarraba el dolorido brazo, preguntó bruscamente—: ¿Qué pasa?
—Estaba en la puerta —respondí.
Se acercó y me cogió el brazo.
—Tiene sangre en la manga —dijo, subiendo la franela. Se guardó el arma en el bolsillo, me palpó el brazo para cerciorarse de los puntos dolorosos y me llevó a la casa—. Tiene el brazo roto. Dígame qué ocurrió exactamente.