La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Dijo que M’ling era el único ser que se habÃa preocupado por él. Entonces se le ocurrió una idea luminosa.
—¡Seré estúpido! —dijo, poniéndose en pie y agarrando la botella de coñac. Una súbita intuición me hizo adivinar cuál era su propósito.
—¡No se le ocurra dar alcohol a esa bestia! —exclamé, levantándome y haciéndole frente.
—¿Bestia? —dijo—. Usted es la bestia. Él bebe como todo hijo de vecino. ¡QuÃtese de en medio, Prendick!
—¡Por el amor de Dios! —exclamé.
—¡QuÃtese… de en medio! —rugió, sacando el revólver de repente.
—Muy bien —dije, y me aparté con la intención de lanzarme sobre él en cuanto pusiera la mano en el picaporte. Pero renuncié a ello al recordar que tenÃa un brazo roto—. Se ha convertido en un Salvaje. ¡Váyase con las bestias!
Abrió la puerta de par en par y se detuvo en el umbral, mirándome casi de frente, bajo el resplandor amarillo de la lámpara y la pálida luz de la luna; sus ojos eran dos manchas negras bajo sus pobladas cejas.
—¡Es usted un perfecto idiota, Prendick! Siempre asustado y fantaseando. Hemos llegado al lÃmite. Es muy posible que mañana me corte el gaznate. Pero esta noche voy a permitirme una buena fiesta.