La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Por la mañana meterÃa algunas provisiones en el bote y, tras prender fuego a la pira que tenÃa ante mÃ, me adentrarÃa de nuevo en la desolación del mar. ComprendÃa que no habÃa manera de ayudar a Montgomery, pues era casi como un Salvaje, incapaz de relacionarse con las personas.
No sé cuánto tiempo estuve allà sentado, haciendo planes. Debió de ser aproximadamente una hora. Luego, mis cavilaciones se vieron interrumpidas por el regreso de Montgomery. Oà un aullido procedente de muchas gargantas —una confusión de gritos de júbilo, jadeos y alaridos que descendÃa hasta la playa— y que parecÃa llegar desde algún punto cercano a la orilla. El alboroto creció y después se extinguió. Más tarde oà unos golpes fuertes y el crujir de la madera al partirse, pero entonces no me preocupó lo más mÃnimo.
Luego comenzó un canto disonante.
Mis pensamientos volvieron a centrarse en el modo de escapar. Me levanté, tomé la lámpara y entré en un cobertizo para coger unos barriles que habÃa visto.
Encontré unas latas de galletas y, decidido a investigar su contenido, abrà una de ellas. Creà ver algo por el rabillo del ojo —una figura roja— y me volvà bruscamente.