La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Después oà la voz de Montgomery a lo lejos que gritaba:
—¡A la derecha!
Y el grupo se perdió con sus aullidos en la negrura de los árboles. Poco a poco, muy poco a poco, se retiraron en silencio.
La noche recobró su apacible esplendor. La luna, que para entonces ya habÃa alcanzado el cenit, cabalgaba por el desierto cielo azul, llena y resplandeciente.
La sombra de la pared, negra como la tinta, se extendÃa a mis pies sobre un espacio de un metro de anchura. Hacia el este, el mar tenÃa un misterioso tono oscuro, y entre el mar y la sombra, las arenas grises, de obsidiana, resplandecÃan como una playa de diamantes. La lámpara de parafina ardÃa a mis espaldas con rojiza y cálida llama.
Cerré la puerta, eché la llave y entré en el recinto donde el cadáver de Moreau yacÃa junto a sus últimas vÃctimas (los podencos, la llama y otras infortunadas bestias) con expresión apacible, pese a su terrible muerte. Sus ojos abiertos contemplaban la blanca quietud de la luna en lo alto del cielo. Me senté en el borde del sumidero y, con la mirada fija en aquel haz fantasmagórico de luz plateada y sombras inquietantes, me dispuse a planear lo que iba a hacer.