La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau El fuego se había extinguido y sólo quedaban ascuas en medio de las cenizas. Me pregunté dónde podía haber encontrado Montgomery toda aquella madera. Estaba amaneciendo y el cielo se aclaraba a medida que la luna, cerca ya de su ocaso, se tornaba más pálida y opaca en el luminoso azul del nuevo día. Hacia levante, el cielo se teñía de rojo.
Entonces oí un ruido sordo y un silbido igualmente apagado a mis espaldas, y, mirando alrededor, me puse en pie de un salto con un grito de horror. Grandes masas de humo negro ascendían contra el amanecer ardiente procedentes del recinto, y entre su turbulenta negrura parpadeaban las llamas rojas como la sangre. El techo de paja se incendió; las llamas ascendían por la pendiente y una lengua de fuego salía por la ventana de mi habitación.
De repente comprendí lo ocurrido. Recordé el ruido que oí al caerse las cajas. Cuando corrí en ayuda de Montgomery había volcado la lámpara, derramando el líquido sobre los baúles.