La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Al instante supe que era imposible salvar nada de lo que habÃa en el recinto. Mi mente volvió a centrarse en el plan de huida y volvà rápidamente la mirada buscando los dos botes varados en la playa. ¡Ya no estaban! HabÃa dos hachas en la arena junto a mÃ; el suelo estaba cubierto de astillas, y las negras cenizas de la hoguera llenaban de humo el amanecer. Montgomery habÃa quemado los botes para vengarse de mà e impedir mi regreso a la civilización.
Un súbito ataque de ira se apoderó de mÃ. Estuve a punto de patearle la cabeza mientras yacÃa indefenso a mis pies. Entonces movió una mano tan débil y lastimosamente que mi rabia se esfumó. Lanzó un gemido y abrió los ojos un instante.
Me arrodillé a su lado y le ayudé a levantar la cabeza. Volvió a abrir los ojos, mirando en silencio el amanecer, y su mirada se cruzó con la mÃa. Sus párpados cayeron.
—Lo siento —dijo con gran esfuerzo. ParecÃa que intentaba pensar—. Es el fin —murmuró—, el fin de este estúpido mundo. ¡Qué desastre!
Yo escuchaba. Su cabeza cayó hacia un lado. Pensé que un trago podrÃa reanimarlo, pero no tenÃa a mi alcance bebida alguna ni recipiente en que traerla. De pronto su cuerpo me pareció más pesado. Se me heló el corazón.