La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Me incliné sobre su rostro y metà la mano por la camisa desgarrada. Estaba muerto y, mientras morÃa, una lÃnea al rojo vivo, el limbo del sol, ascendió por levante más allá de la bahÃa, esparciendo sus rayos por el cielo y transformando el oscuro mar en un torbellino de luz cegadora que glorificaba su rostro contraÃdo por la muerte.
Le apoyé suavemente la cabeza sobre la tosca almohada que habÃa improvisado, y me puse en pie. Ante mà se extendÃa la radiante desolación del mar, la horrible soledad que tanto me habÃa hecho sufrir; y a mis espaldas, la isla en calma bajo la aurora, con sus Monstruos silenciosos e invisibles. El recinto, con todas las provisiones y la munición, ardÃa con gran estrépito, súbitas bocanadas de fuego, violentas crepitaciones y algún que otro estallido. La densa humareda ascendÃa por la playa alejándose de mà y rozando las lejanas copas de los árboles en dirección a las cabañas del barranco. A mi lado descansaban los restos carbonizados de los botes y aquellos cinco cadáveres.
Entonces, de entre la maleza surgieron tres Monstruos de hombros encorvados, cabezas salientes, manos deformes, torpes ademanes y mirada inquisitiva y hostil; avanzaron hacia mà con gestos vacilantes.