La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau —Ven conmigo —le dije, para darme ánimos, y juntos descendimos por el estrecho camino, sin prestar la menor atención a las imprecisas formas que nos espiaban desde las cabañas.
Ninguno de los que estaban junto a la hoguera hizo amago de saludarme. Casi todos fingieron con desdén no advertir mi presencia. Busqué con la mirada al Cerdo Hiena, pero no estaba allÃ. HabÃa en total unos veinte Salvajes acuclillados mirando al fuego o charlando entre sÃ.
—Está muerto, está muerto, el Maestro está muerto —dijo la voz del Hombre Mono, a mi derecha—. Ya no hay Casa del Dolor.
—No está muerto —dije yo en voz alta—. Ahora mismo nos está observando.
Mis palabras los sobresaltaron. Veinte pares de ojos se fijaron en mÃ.
—La Casa del Dolor ha desaparecido —dije—, pero sólo momentáneamente. Aunque no podáis ver al Maestro, él os escucha desde allà arriba.
—¡Es cierto, es cierto! —dijo el Hombre Perro.
Mi seguridad les hizo titubear. Los animales pueden ser muy astutos y feroces, pero sólo un hombre es capaz de mentir.
—El Hombre del Brazo Vendado dice cosas extrañas —observó uno de los Salvajes.