La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Quemé los dos cadáveres en una pira hecha con ramas. Ahora veÃa con claridad que, si no abandonaba la isla, mi muerte serÃa sólo cuestión de tiempo. Por aquel entonces los Monstruos, con alguna que otra excepción, habÃan abandonado el barranco y habÃan construido guaridas, cada cual a su manera, entre la maleza. Casi todos pasaban el dÃa durmiendo, y la isla le habrÃa parecido desierta a cualquier recién llegado; pero de noche el aire se poblaba de gritos y aullidos. Se me pasó por la cabeza la idea de hacer una masacre, tendiendo trampas o atacándolos con un cuchillo. Si hubiera tenido cartuchos suficientes, no habrÃa vacilado en comenzar la matanza. No debÃan de quedar más de veinte carnÃvoros, y los más feroces ya habÃan muerto. Tras la muerte del pobre perro, mi último amigo, también yo adopté la costumbre de dormitar durante el dÃa para permanecer alerta por la noche. Reconstruà mi guarida entre las ruinas del recinto, dejando una entrada muy estrecha, de tal modo que quien intentase traspasarla tuviera que hacer mucho ruido. Los Monstruos habÃan olvidado el arte del fuego y sentÃan hacia él un renovado temor. Me puse de nuevo, casi frenéticamente, a ensamblar ramas y estacas para construir una balsa en la que poder huir.