La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Aullando de un modo extraño, el negro rodó bajo las patas de los perros sin que nadie intentara ayudarle. Las bestias hicieron cuanto podÃan por atacarlo, embistiéndolo con los hocicos. Sus ágiles cuerpos grises interpretaron una rápida danza sobre la torpe figura postrada. Los marineros los animaban como si de un juego se tratase. Montgomery profirió una airada exclamación y se alejó por la cubierta a grandes zancadas. Yo fui tras él.
Un segundo después, el negro se incorporó y se alejó gateando, pero tropezó con los obenques de mayor y fue a parar contra la batayola, donde quedó jadeando y mirando a los perros por encima del hombro. El pelirrojo rió con satisfacción.
—¡Mire, capitán! —dijo Montgomery, agarrando al pelirrojo del brazo—. Esto no puede ser.
Yo estaba de pie detrás de Montgomery. El capitán dio media vuelta y lo miró con sus apagados y solemnes ojos de borracho.
—¿Qué es lo que no puede ser? —preguntó, y luego de mirar a Montgomery entre sueños por espacio de un minuto, añadió—: ¡Malditos matasanos!
Sacudió bruscamente los brazos para liberarse y, tras dos infructuosos intentos, hundió en los bolsillos los puños cubiertos de pecas.
—Ese hombre es un pasajero —dijo Montgomery—. Le aconsejo que no le ponga las manos encima.