La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau —¡Al diablo! —exclamó el capitán, volviéndose bruscamente y tambaleándose en dirección a la banda—. Éste es mi barco, y hago lo que quiero —dijo.
Creo que Montgomery deberÃa haberlo dejado en paz, habida cuenta que estaba borracho. Pero se limitó a ponerse un poco más pálido y siguió al capitán hasta la batayola.
—¡Escuche, capitán! No consentiré que uno de mis hombres sea maltratado. Desde que subió a bordo no han hecho más que agobiarlo —dijo.
Los vapores etÃlicos dejaron al capitán sin habla durante un minuto.
—¡Malditos matasanos! —fue cuanto consideró necesario añadir.
Comprendà que Montgomery tenÃa un temperamento lento y obstinado, de los que se calientan dÃa a dÃa hasta ponerse al rojo vio y nunca llegan a enfriarse lo suficiente para perdonar, y comprendà también que la disputa venÃa de antiguo.
—Está borracho —dije, quizá entrometiéndome—; no servirá de nada.
Montgomery frunció el labio inferior de un modo desagradable.
—Siempre está borracho. ¿Cree usted que eso le da derecho a atacar a sus pasajeros?