La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau El hombre del pelo blanco seguÃa observándome con insistencia, pero con una expresión que ahora se me antoja de perplejidad. Cuando mi mirada se encontró con la suya, bajó la vista, concentrándose en el perro que tenÃa sentado sobre las rodillas. Era un hombre muy fornido, como ya he dicho, de frente estrecha y rasgos muy marcados; sus ojos mostraban esa extraña flaccidez sobre los párpados que a veces sobreviene con los años, y las comisuras de los gruesos labios, caÃdas hacia abajo, le conferÃan una expresión de pugnaz determinación. Se dirigió a Montgomery en tono demasiado bajo para que pudiera oÃrlo. Desplacé la mirada hacia sus tres hombres. ¡Qué extraña tripulación formaban! Sólo vi sus caras, pero habÃa algo en ellas —no supe decir qué— que me produjo un curioso escalofrÃo. Los miré fijamente, sin que esta impresión me abandonara y sin llegar a entender qué la producÃa.