La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Me entró tanto miedo que perdí la cabeza y eché a correr por la arena. Oía ligeras pisadas que me seguían con sigilo. Lancé un grito salvaje y redoblé el paso. Varias formas negras, tres o cuatro veces más grandes que un conejo, se escabulleron entre los matorrales, corriendo o saltando. Jamás podré olvidar, mientras viva, el terror de esta persecución. Corría por la orilla del mar sin dejar de oír el chapoteo de los pies que se acercaban cada vez más. Lejos, desesperadamente lejos, brillaba la luz amarilla. La noche era oscura y tranquila. Los pies se acercaban cada vez más, chapoteando. Me faltaba el aliento, pues no estaba en buena forma, silbaba al soltar el aire y sentía una profunda punzada en el costado, como si me clavasen un cuchillo. Supe que la Cosa me alcanzaría mucho antes de llegar al recinto y, jadeante y sollozando, di media vuelta, esperé a que se acercara y la golpeé con todas mis fuerzas. Al hacerlo, la piedra salió disparada de la honda del pañuelo.
Al darme la vuelta, la Cosa, que iba corriendo a cuatro patas, se puso en pie, y el proyectil le alcanzó de lleno en la sien izquierda. Se oyó un fuerte chasquido craneal. El hombre-animal se me echó encima, me empujó con ambas manos y se alejó tambaleándose hasta caer de bruces en el agua, donde quedó tendido, sin moverse.