La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Al cabo de un buen rato reanudé mi comida, pero sin dejar de aguzar el oído. Entonces percibí algo distinto, un sonido bastante débil. Estaba sentado, como paralizado, y aunque el ruido era casi imperceptible, me conmovió mucho más intensamente que cualquiera de los horrores procedentes del otro lado del muro que hasta el momento había oído. Esta vez no cabía duda de lo que significaban aquellos sonidos sordos y entrecortados, no cabía duda de su procedencia; era un quejido, interrumpido por sollozos y suspiros de angustia. Esta vez no se trataba de un animal. ¡Estaban torturando a un ser humano!
Me levanté y, tras cruzar la habitación de tres zancadas, agarré el tirador de la puerta interior y la abrí.
—¡Deténgase, Prendick! —gritó Montgomery.
Un aterrorizado galgo de caza gañía y se retorcía de dolor. En el fregadero había sangre, sangre oscura, mezclada con sangre escarlata, y percibí el inconfundible olor del ácido fénico[5]. Luego, a través de una puerta abierta, bajo la imprecisa claridad de la penumbra interior, vislumbré algo dolorosamente atado a una estructura, lleno de cicatrices, rojo y vendado. Y finalmente, borrando esta visión, apareció el rostro de Moreau, pálido y terrible.