La isla del doctor Moreau

La isla del doctor Moreau

—Repite estas palabras —insistió el Hombre Mono, y las sombras de la puerta las repitieron en tono amenazador. Comprendí que debía repetir aquella estúpida fórmula. Y comenzó una ceremonia absolutamente demencial.

La voz que llegaba desde la oscuridad empezó a entonar, frase a frase, una especie de letanía que los demás repetíamos al pie de la letra. Al hacerlo, se balanceaban hacia los lados, dándose con las manos en las rodillas, y decidí seguir su ejemplo. Podría haber creído que ya estaba muerto y en el otro mundo: esa oscura guarida, esas sombras grotescas, vagamente iluminadas aquí y allá por un débil destello de luz, y todos balanceándose al unísono y cantando:

—No caminarás a cuatro patas; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

—No sorberás la bebida; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

—No comerás carne ni pescado; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

—No cazarás a otros Hombres; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres?

Y así, de la prohibición de estos actos de locura, pasaron a la prohibición de lo que entonces me parecieron las cosas más demenciales, imposibles e indecentes que nadie pueda imaginar.


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