La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Una especie de fervor rÃtmico se apoderó de todos nosotros; bailábamos cada vez más deprisa, repitiendo la asombrosa Ley. Aparentemente, las bestias me habÃan transmitido su entusiasmo, mientras en mi interior la risa y el asco libraban su propia batalla.
Recitamos una larga lista de prohibiciones, hasta que el canto adoptó una nueva fórmula:
—Suya es la Casa del Dolor.
—Suya es la Mano que crea.
—Suya es la Mano que hiere.
—Suya es la Mano que cura.
Y asÃ, toda otra larga sarta de palabras —en su mayorÃa incomprensibles para m× sobre Él, quienquiera que fuese. PodrÃa haber supuesto que se trataba de un sueño, pero jamás habÃa oÃdo cantar en sueños.
—Suyo es el rayo cegador —continuamos—. Suyo el profundo mar salado.
Se me ocurrió entonces la terrible idea de que Moreau, tras animalizar a aquellos hombres, habÃa infectado sus cerebros enanos con una especie de deificación de sà mismo. Sin embargo, la conciencia de los dientes blancos y las poderosas garras que me rodeaban era demasiado intensa para dejar de cantar.
—Suyas son las estrellas del cielo.