La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau Por fin concluyó el canto. La cara del Hombre Mono brillaba de sudor y, ahora que mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, aprecié más claramente el bulto del rincón, de donde venía la voz. Era del tamaño de un hombre, pero parecía cubierto de pelo gris, como un skye-terrier. ¿Qué era aquello? ¿Qué eran todos ellos? Imagínenme allí, rodeado por las criaturas más horribles, tullidas y fanáticas que quepa concebir, y comprenderán cómo me sentía entre aquellas grotescas caricaturas de seres humanos.
—¡Es un hombre de cinco dedos, de cinco dedos, de cinco dedos… como yo! —exclamó el Hombre Mono.
Extendí las manos. La criatura gris del rincón se inclinó hacia adelante.
—No caminarás a cuatro patas; ésa es la Ley. ¿Acaso no somos Hombres? —dijo.
Y sacando una zarpa extrañamente deformada, me agarró los dedos. Era como la pezuña de un ciervo transformada en garra. Estuve a punto de gritar de sorpresa y dolor. Acercó la cabeza para escrutarme las uñas, bajo la luz que entraba por la abertura de la guarida. Entonces, con un escalofrío de asco, vi que su cara no se parecía a la de un hombre, ni a la de una bestia; no era más que una masa de pelo gris, con tres confusas marcas más oscuras que indicaban la posición de la boca y los ojos.