La isla del doctor Moreau
La isla del doctor Moreau —Tiene uñas pequeñas —dijo la espantosa criatura—. Está bien.
Me soltó la mano y yo me aferré instintivamente a la estaca con más fuerza.
—Come raÃces y hierbas. Es Su voluntad —dijo el Hombre Mono.
—Yo soy el Recitador de la Ley —replicó la figura gris—. Aquà vienen todos los nuevos para aprender la Ley. Me siento en la oscuridad y recito la Ley.
—Asà es —añadió una de las bestias desde la puerta.
—Terrible es el castigo para quienes quebrantan la Ley. No hay escapatoria.
—No hay escapatoria —repitió la multitud de Salvajes, lanzándose miradas furtivas los unos a los otros.
—No hay escapatoria —repitió el Hombre Mono—. No la hay. ¡Mira! Una vez hice algo malo, algo sin importancia. Dejé de hablar y empecé a chapurrear. Nadie me entendÃa. Y me quemaron, me marcaron la mano con un hierro candente. ¡Él es grande; Él es bueno!
—No hay escapatoria —proclamó la criatura del rincón.
—No hay escapatoria —repitieron las bestias, mirándose de reojo.