La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Aterricé de bruces entre un montón de espinos y me incorporé con una oreja desgarrada y la cara llena de sangre. Había caído en un escarpado barranco –lleno de piedras y espinos y cubierto por una bruma que se deslizaba a mi alrededor en finas franjas– por el que serpenteaba un riachuelo desde cuyo centro salía la bruma. Me sorprendió que hubiese niebla a pleno sol, pero no tenía tiempo para pensar en nada. Torcí a la derecha, siguiendo el curso del riachuelo, con la esperanza de llegar al mar y tener la posibilidad de ahogarme. Poco después descubrí que había perdido la estaca en la caída.
El barranco se estrechaba por momentos, y sin darme cuenta me metí en el arroyo.
Tuve que salir de un salto porque el agua estaba casi hirviendo. Advertí entonces que una fina capa de espuma sulfurosa fluía sobre la superficie de la corriente. Casi inmediatamente, el barranco hacía un recodo que revelaba el confuso horizonte azul. El mar, ahora más próximo, reflejaba la luz del sol en un sinfín de destellos. Tenía calor y estaba jadeando. Veía la muerte cara a cara. La sangre tibia me resbalaba por la cara y corría agradablemente por mis venas. Sentí algo más que un arrebato de júbilo ante la idea de haber despistado a mis perseguidores. Ya no deseaba ahogarme. Miré hacia el camino por el que había llegado hasta allí.