La Isla del Dr. Moreau

La Isla del Dr. Moreau

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Me resulta imposible describir a los Salvajes con detalle –no estoy acostumbrado a fijarme en los detalles– y por desgracia no sé dibujar. Quizá lo que más me llamaba la atención en ellos era la desproporción entre las piernas y la longitud de sus troncos, y aun así –tan relativa es nuestra idea de la elegancia– acabé acostumbrándome a sus formas, e incluso llegué a pensar que mis largos muslos eran desgarbados. Otra característica era la posición de la cabeza, echada hacia adelante, y la torpe e inhumana curvatura de su espina dorsal. Ni siquiera el Hombre Mono tenía ese hundimiento en la parte inferior de la espalda que tanta gracia confiere a la figura humana. Casi todos eran muy cargados de hombros y los cortos antebrazos les colgaban lánguidamente a ambos lados del cuerpo.

Algunos eran muy peludos, al menos hasta el final de mi estancia en la isla.

Otro rasgo evidente de su deformidad se encontraba en las caras, mayoritariamente prognatas, con malformaciones en las orejas, la nariz grande y prominente, el pelo muy abundante o erizado y los ojos de un color extraño o desplazados. Ninguno de ellos podía reír, aunque el Hombre Mono emitía una especie de chillido, como una risa ahogada.


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