La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Me explicó que habían sido creados a partir de la descendencia de los Monstruos de Moreau, con la intención de que sirvieran de alimento, pero el hábito conejil de devorar a sus crías desbarató los planes del doctor. Yo ya había tropezado con algunos: una vez cuando huía del Hombre Leopardo, a la luz de la luna, y otra vez el día anterior, mientras Moreau me perseguía. Casualmente, uno de ellos, al tratar de evitarnos, cayó por azar en un agujero de un árbol arrancado por el viento. Logramos atraparlo antes de que pudiera salir de allí. Escarbaba como un gato, arañando y pataleando furiosamente con las patas traseras, y hasta intentó mordernos, pero no tenía los dientes fuertes y su mordisco no dolía más que un simple pellizco. Me pareció un precioso animalillo, y como Montgomery me explicó que nunca destrozaba el césped excavando y era de costumbres muy limpias, pensé que podría resultar un buen sustituto del conejo común para los parques y jardines particulares.
Durante el camino vimos el tronco de un árbol, completamente astillado y cortado en tiras largas. Montgomery llamó mi atención al respecto.
–No arañarás la corteza de los árboles; ésa es la Ley –dijo–. Mire cómo la respetan algunos.