La Isla del Dr. Moreau
La Isla del Dr. Moreau Se detuvieron a unos veinticinco metros y, postrados sobre rodillas y codos, comenzaron a esparcir el polvo blanco sobre sus cabezas. Imaginen la escena. Tres hombres vestidos de azul –con un criado deforme de rostro negro–, de pie en mitad de una polvorienta explanada iluminada por el sol bajo el ardiente cielo azul, rodeados por un tropel de Monstruos acuclillados que no paraban de gesticular. Algunos eran casi humanos, salvo por su expresión y sus gestos; otros parecÃan tullidos y los habÃa terriblemente deformes, sólo comparables a los personajes de nuestros más absurdos sueños. Y más allá, las finas lÃneas del cañizal a un lado, una densa maraña de palmeras que nos separaba del barranco y las cabañas al otro, y el confuso horizonte del PacÃfico al norte.
–Sesenta y dos, sesenta y tres –contó Moreau.
–Hay cuatro más.
–No veo al Hombre Leopardo –dije.
Moreau volvió a soplar el cuerno y, al oÃrlo, los Salvajes se retorcieron y se revolcaron por el polvo. El Hombre Leopardo salió del cañizal, casi arrastrándose por el suelo, e intentó sumarse al cÃrculo de Monstruos que se revolcaban en el polvo a espaldas de Moreau, y en ese momento vi que tenÃa una herida en la frente. El último en llegar fue el pequeño Hombre Mono. Los primeros, acalorados y cansados de revolcarse, lo miraron con recelo.