La Isla del Dr. Moreau

La Isla del Dr. Moreau

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–¡Volverás a la Casa del Dolor, la Casa del Dolor, la Casa del Dolor! –gritó el Hombre Mono a unos veinte metros a mi derecha.

Al oírlo, perdoné al pobre miserable el miedo que me había inspirado.

A mi derecha, junto a las enormes huellas de los Caballos Rinocerontes, oí un crujir de ramas y el silbido de las hojas al ser apartadas. Luego, a través de un polígono verde, en la penumbra de la exuberante vegetación, divisé a la criatura que estábamos acechando. Me detuve. La bestia estaba agazapada en un espacio mínimo y me miró de reojo con sus brillantes ojos verdes.

Puede parecer contradictorio –de hecho, no soy capaz de explicarlo–, pero al verlo en esa actitud absolutamente animal, con ese brillo en los ojos y el imperfecto rostro humano deformado por el terror, volví a considerarlo como a un igual. Un instante después, alguno de sus perseguidores lo descubriría y capturaría para ser de nuevo sometido a las terribles torturas del recinto. Bruscamente, saqué el revólver, apunté entre sus ojos aterrorizados y disparé.

Al mismo tiempo, el Cerdo Hiena se abalanzó sobre él lanzando un tremendo alarido y, con gran avidez, le hincó los dientes en el cuello. La maleza silbaba y crujía a mi alrededor al paso precipitado de los Monstruos.

–¡No lo mate, Prendick! –gritó Moreau–. ¡No lo mate!


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